viernes, 9 de septiembre de 2011

Nacho

Desde su trona observaba con atención a mamá, que hacía las cosas muy deprisa yendo de un lado para otro en la cocina. Hoy le habían despertado inusualmente pronto, no entendía por qué. Papá le había puesto su camiseta favorita, en la que un dinosaurio, de dentadura descolocada, sonreía de oreja a oreja mientras sostenía un balón en las manos. “¡No te manches, Nacho!, ¿crees que a mamá le gusta estar todo el día lavando?”. Nacho no entendía por qué mamá decía siempre eso, había un chisme en la cocina (lavadora, cree que le llaman) que se encargaba de mantener la ropa limpia. Y esto Nacho lo sabía porque, a veces, hacía mucho ruido… ¡y no había quien viera los dibujos con semejante estruendo! Nacho necesitaba ver los dibujos para comer, comer era muy aburrido y tardaba mucho tiempo en terminar lo que mamá o papá le ponían. “Cuando vayas al cole de mayores no creas que van a estar esperando a que termines tú”, le decían siempre. ¡¡Claro, el cole de mayores!! ¿¡Cómo se le había podido olvidar!?

Toda esta semana había estado yendo con mamá y papá a comprar cosas, de hecho, la otra noche, había estado haciendo la mochila con papá, una mochila que, por cierto, ¡no le gustaba nada! Él quería una en la que salían un montón de balones de fútbol, sólo que papá le había dicho que era para mayores porque salía una chica sin mucha ropa, pero eso a Nacho le daba igual, ¡había muchísimos balones!, ¡¡más de diez o de mil!! Al final tuvo que conformarse con una mochila verde en la que salían un arco iris y un montón de animales, no era nada chula comparada con la otra. Le había gustado mucho hacer la mochila, y es que todo lo que había metido estaba nuevo: los cuadernos, los lapiceros, el borrador y el sacapuntas, el pegamento, las ceras... Había estado un montón de rato oliendo la caja de las ceras, tan ordenaditas y afiladas. Y no como en la guarde de la sita Pepi, que estaban todas sucias y desgastadas. Y no sólo las ceras, también casi todos los juguetes, los cuales, a veces, se rompían, ¡Debían de ser tan viejos como el abuelo! Porque el abuelo también se rompía un poco a veces, sobre todo los dientes, ¡no tenía ni un solo diente! En lugar de eso se ponía una dentadura, que a Nacho le recordaba un poco a la de los vampiros. Una vez Nacho estuvo muy preocupado, porque a su hermana Ale se le empezaron a caer los dientes también, ¡era muy pronto para que Ale fuera abuela! Así que una noche cogió los dientes de su abuelo del vaso de agua donde los ponía siempre y se los llevó a su hermana mayor a la que, a juzgar por el grito que dio al encontrar la dentadura, no le pareció una muy buena idea.

Terminó de tomarse la leche. Mamá le dejó en el suelo y le dijo que fuera corriendo a despedirse de papá, que en ese momento salía del baño. “Bueno, Nachete, ya estás hecho todo un hombrecito. Presta atención a tus nuevas profesoras y haz muchos amigos”. Le besó suavemente la frente. En ese momento apareció mamá corriendo, con la chaquetita azul y aquella mochila tan fea. Cogió a Nacho en brazos y le dio un beso a papá, ¡algo que nunca había entendido Nacho es por qué los mayores se daban ahí los besos!

Mientras bajaban en el ascensor mamá le puso la chaqueta. Cuando salieron a la calle hacía algo de frío, pero no mucho. Caminaban deprisa por la acera sin asfaltar, Nacho tenía que hacer un verdadero esfuerzo por seguir a mamá, que cada vez andaba más deprisa. Se paró, si daba un paso más se le iba a salir el corazón por la boca, tomó aire, mucho aire. Mamá sonrió y le cogió en brazos. Cinco minutos después entraron por una puerta muy grande. “Mira, cariño, éste es tu nuevo cole”, “¿El cole de mayores, mamá?”, “Sí, Nacho, sí, el cole de mayores”. Cruzaron inmediatamente una puerta un poco más pequeña y, de repente, apareció una mujer muy joven y bastante bajita que llevaba una bata de rayas rojas. “Hola, este es Nacho Aparicio…”, “Uy, mire, es el único que faltaba. Déjemelo, que ya le llevo yo a clase”, “Perdona… es que se nos ha hecho un poco tarde”, mamá se inclinó, le dio la mochila a Nacho y le dio un beso de esos que dan las madres que hacen mucho ruido y te dejan un oído pitando. “Es su primer día…”, “Como el de todos, señora, váyase, váyase tranquila”, se giró hacia Nacho, “y tú, Nacho, ven conmigo, que te voy a presentar al resto de tus compañeros y a enseñarte tu nuevo aula”. Nacho no sabía qué era un aula, sólo sabía que, de repente, se le habían quitado todas las ganas de empezar el cole de mayores y de que mamá se fuera. Caminaba ya de la mano de la chica con la bata de rayas rojas mientras saludaba a mamá con la manita que le quedaba libre. Ella le devolvía el saludo desde el umbral de la puerta, parecía que estaba un poco triste.

Entró en una gran habitación en la que había muchos niños, pósters de colores y juguetes. La chica de la bata de rayas rojas dijo cómo se llamaba, y todos los que estaban sentados en sillas muy pequeñas le siguieron con la mirada hasta que se acomodó en una de ellas.
Después de un rato empezaron a cantar canciones, Nacho se las sabía casi todas. Y luego hicieron lo que Julia (que, por lo visto, así se llamaba la chica de la bata con rayas rojas) llamó un juego para presentarse. Cuando le llegó el turno a Nacho dijo: “Me llamo Nacho y ya soy todo un hombre, que me lo ha dicho papá, porque vengo al cole de mayores. Me gusta mucho el fútbol”.
Luego salieron al recreo, allí Nacho hizo cuatro amigos y dos enemigos (sólo le diría a papá y a mamá lo de los amigos). De sus nuevos amigos, el que mejor le caía era Pedro, porque corría más que nadie y eso seguro que algún día le podría ayudar. Sus dos enemigos eran Roberto, que le había intentado quitar la caja de ceras nuevas, y Josito, que ya lo conocía de la guarde de la sita Pepi y, la verdad, es que era bastante tonto. Una vez Nacho había llevado a la guarde el coche de carreras más espectacular del mundo, que le habían regalado el día anterior en su cumpleaños. Josito se lo cogió y lo guardó en su mochila, menos mal que la sita Pepi le vio y le devolvió el juguete a Nacho, que desde entonces decidió que ya no quería ser su amigo nunca más.
Después volvieron a entrar en clase y pintaron con los dedos. Nacho intentó pintar el dinosaurio de su camiseta. Cuando intentaba mirar el dibujo acercándose la camiseta a los ojos la manchó, sin querer, con la pintura, ¡papá y mamá le iban a matar! Cuando estaban pintado, un niño se hizo pis encima y empezó a llorar, Nacho ya casi no se hacía pis encima, no como Ale, que a veces se lo seguía haciendo.

Luego llegó la hora de comer y a Nacho le echaron un montón de comida que, además, no olía muy bien. Un chico muy grande que había sentado en su mesa, al ver que no probaba bocado, le dijo que si quería podía darle su comida. Nacho se la dio encantando, ese sería su amigo número cinco.
Después de comer, Julia les llevó a todos a una habitación muy oscura. Cada uno cogió una de las mantas apiladas en un rincón de la clase y se tumbó en el suelo, que era bastante más blandito que el de casa de Nacho, la verdad.
Nacho notó que alguien le cogía en brazos, la manta que le cubría cayó al suelo y noto un poco de frío. Abrió los ojitos, estaba en la clase. “Nacho, coge la mochila y el abrigo, que mamá y papá te están esperando abajo”.
Nacho se puso el abrigo intentando tapar la mancha de pintura de la camiseta y la verdad es que lo consiguió, porque ni mamá ni papá se dieron pizca de cuenta.

Salieron los tres a la calle, Nacho los cogió a ambos de la mano y les empezó a contar todo lo que había hecho aquel día en el cole para mayores.
“Me ha gustado mucho, pero he estado pensando que casi mejor me quedo mañana en casa con vosotros”.
Mamá y papá se sonrieron, Nacho sonrió también. “Seguro que eso es un sí”.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Aquellos dedos comidos por la artrosis.


Estaba cansado, muy cansado. 

Aunque siempre había sido madrugador, de algún tiempo a esa parte su cuerpo le había estado obligando a permanecer en la cama un poco más por las mañanas. Aun así, ese día en concreto, se había levantado con cierto ánimo: le encantaban las visitas. Ver que el tiempo no sólo hacía estragos en su piel era, en parte, un alivio; el comprobar que el tic-tac de la vida seguía corriendo para todo el mundo era una forma de conectarle con aquello que había quedado tan lejos de él. Ver reflejadas las circunstancias propias en los espejos de los ojos de otras personas, es el mejor bálsamo para los que no tienen otra cosa que hacer, más que resignarse consigo mismos.

Estaba en el salón. Todos hablaban a su alrededor, pero él sólo se limitaba a escuchar. Se sentía como un niño observando con devoción una conversación de mayores (aunque, en realidad, superaba a todos los presentes en edad). Pequeño, torpe, incapaz de articular dos frases seguidas sin que se le secara la garganta. Tenía voto, pero no voz; tenía años, pero no “edad para”; tenía historia, pero no memoria; tenía vida, pero no aliento.  

Se esforzaba por seguir el hilo de la conversación, pero de vez en cuando sus pensamientos le llevaban muy lejos de allí. Había sobrevivido a una guerra, había trabajado desde niño, había encontrado al amor de su vida, había cambiado de ciudad, había criado a sus hijos. Había amado tanto, llorado tanto... Había vivido tanto.

Por eso le gustaban tanto las visitas, porque le ayudaban a regresar a un lugar del que se había ido hacía mucho tiempo y que había sido pasto de las llamas de los minuteros: el pasado, el hogar de los recuerdos. Pero los recuerdos son aire, y el aire se consume; y cuando el aire se consume, las personas se apagan; y cuando las personas se apagan nada son, salvo recuerdos ¡El círculo vicioso del capricho que es la vida! Todo somos hoy, nada mañana. Y la inmensidad de algo tan oscuro y frío como es olvido le aterraba profundamente: la inexistencia más profunda de todas, allí donde el dolor es una trivialidad y el luto un formalismo.

Sol, Madrid.
Ahí estaba, postrado en un sillón y viendo como el mundo le pedía un testigo que él no estaba dispuesto a dar. Pero la vida, amigos,  es una carrera de relevos. ¡Y el tiempo vuela y la vida se esfuma y las visitas se van!
Y cuando los invitados se fueron, con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó transmitirles como pudo toda la gratitud que era capaz de sentir. Cuando se cerró la puerta, se secó las lágrimas con aquellos torpes dedos comidos por la artrosis. Y aquellos ojos grises, que en otra vida habían sido verdes, se preguntaron cuándo sería la próxima que volvería a verlos (si es que había próxima vez).





Ni el desamor, ni el odio, ni la envidia, ni la muerte. El enemigo más letal del hombre, recordadlo siempre, es el olvido.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Los gatos no entienden de morriña.


Todo ha cambiado pero, a la vez, nada se ha movido de su sitio. Coruña, Madrid; Madrid, Coruña.

He canjeado la lluvia por el sol. El verde se ha tornado gris.
Monte San Pedro, A Coruña.
Supuesta mente ésta siempre ha sido mi casa, Madrid siempre ha sido mi punto de referencia. Pero en la práctica, no habré pasado en esta ciudad más de un año de toda mi existencia. Estoy acostumbrada a esto, me gusta la forma de vida que siempre he llevado. Pero supongo que esta vez es diferente, aunque sea sólo por el carácter definitivo de esta metamorfosis que está sufriendo todo cuanto me rodea.



Ahora vivo en un lugar donde personas de ochenta años me adelantan en el metro; aquí no se anda, se corre. He cambiado el olor a algas por las flatulencias de cientos de miles de coches. La brisa del mar es ahora dióxido de carbono. La monotonía y la redundancia han pasado a convertirse en la diversidad más pura que podáis imaginaros. La playa aquí es piscina; las calles, avenidas; las nubes, un recuerdo desdibujado y turbio. La dentadura descolocada que forman allí los edificios de distintos tamaños, formas y colores, ha sido suplantada por altas torres, construcciones acristaladas y grandes polígonos industriales. El calmado sonido de las olas rompiendo contra las rocas debajo de mi ventana se ha desfigurado para convertirse en estresantes bocinazos. Allí se hablan dos idiomas; aquí varias decenas de ellos. He sustituido la tranquilidad y la comodidad por la prisa de una ciudad que nunca duerme. El cosmopolitismo es una doctrina a seguir y la apertura a lo nuevo, una forma de vida.

Coruña, Madrid; Madrid, Coruña. Nada se parece, pero todo sigue igual: dejémoslo en que los gatos no saben de morriña.

Fuente Carrantona, Madrid.
La playa y el mar: nada más y nada menos que cemento y ruido. Lugares diferentes, personas distintas, formas de vida dispares. Pero mis expectativas y yo seguimos siendo las mismas. Y aunque no cambiaría por nada los últimos cinco años de mi vida, los que me conocen saben que mis sueños… están hechos de hormigón.