Estaba cansado, muy cansado.
Aunque siempre había sido madrugador, de algún tiempo a esa parte su cuerpo le había estado obligando a permanecer en la cama un poco más por las mañanas. Aun así, ese día en concreto, se había levantado con cierto ánimo: le encantaban las visitas. Ver que el tiempo no sólo hacía estragos en su piel era, en parte, un alivio; el comprobar que el tic-tac de la vida seguía corriendo para todo el mundo era una forma de conectarle con aquello que había quedado tan lejos de él. Ver reflejadas las circunstancias propias en los espejos de los ojos de otras personas, es el mejor bálsamo para los que no tienen otra cosa que hacer, más que resignarse consigo mismos.
Estaba en el salón. Todos hablaban a su alrededor, pero él sólo se limitaba a escuchar. Se sentía como un niño observando con devoción una conversación de mayores (aunque, en realidad, superaba a todos los presentes en edad). Pequeño, torpe, incapaz de articular dos frases seguidas sin que se le secara la garganta. Tenía voto, pero no voz; tenía años, pero no “edad para”; tenía historia, pero no memoria; tenía vida, pero no aliento.
Se esforzaba por seguir el hilo de la conversación, pero de vez en cuando sus pensamientos le llevaban muy lejos de allí. Había sobrevivido a una guerra, había trabajado desde niño, había encontrado al amor de su vida, había cambiado de ciudad, había criado a sus hijos. Había amado tanto, llorado tanto... Había vivido tanto.
Por eso le gustaban tanto las visitas, porque le ayudaban a regresar a un lugar del que se había ido hacía mucho tiempo y que había sido pasto de las llamas de los minuteros: el pasado, el hogar de los recuerdos. Pero los recuerdos son aire, y el aire se consume; y cuando el aire se consume, las personas se apagan; y cuando las personas se apagan nada son, salvo recuerdos ¡El círculo vicioso del capricho que es la vida! Todo somos hoy, nada mañana. Y la inmensidad de algo tan oscuro y frío como es olvido le aterraba profundamente: la inexistencia más profunda de todas, allí donde el dolor es una trivialidad y el luto un formalismo.
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| Sol, Madrid. |
Ahí estaba, postrado en un sillón y viendo como el mundo le pedía un testigo que él no estaba dispuesto a dar. Pero la vida, amigos, es una carrera de relevos. ¡Y el tiempo vuela y la vida se esfuma y las visitas se van!
Y cuando los invitados se fueron, con las pocas fuerzas que le quedaban, intentó transmitirles como pudo toda la gratitud que era capaz de sentir. Cuando se cerró la puerta, se secó las lágrimas con aquellos torpes dedos comidos por la artrosis. Y aquellos ojos grises, que en otra vida habían sido verdes, se preguntaron cuándo sería la próxima que volvería a verlos (si es que había próxima vez).
Ni el desamor, ni el odio, ni la envidia, ni la muerte. El enemigo más letal del hombre, recordadlo siempre, es el olvido.

La verdadera muerte del ser humano llega con el olvido,ese momento en el que su recuerdo desaparece de este mundo. De ahí la obsesión por dejar algo grandioso como legado, para evitar el destino que aguarda a toda nuestra obra terrenal.
ResponderEliminarVida eterna en el cielo o simplemente eterno olvido en la Tierra? Ojalá sea lo primero,ojalá.
Soy un anonimooo uhhhhhh quien sereeeee jajajaja
ResponderEliminarsoy anaa xD me ha encantado :D tiene un don hija miaa